POSTCARDS FROM MIAMI: DON’T LET ME DOWN

Son las 13:00 pm y yo salgo del aeropuerto como entré al anterior: temblando. Arrastro mi maleta como cangrejo ermitaño y como él, quisiera caminar hacia atrás, hacia a un lado, pero no hacia delante porque tengo miedo, tengo tanto miedo que tiemblo, que la maleta de veinte kilos pesa cien, que mi corazón late fuerte mientras el resto de mi cuerpo se llena de angustia, de ganas y terror al mismo tiempo.

Todo es fácil, menos los instantes previos a un reencuentro.

Veo la ciudad desde la ventana del taxi. Me es una perfecta desconocida, como yo soy para él, como él es para mi aunque pensamos que nos conocemos bien, no sé cómo ni de dónde, no sé desde cuando, porque el tiempo y la distancia se han vuelto relativos en este caso, tanto que los datos duros, los kilómetros, los cálculos, han quedado en otra dimensión, una que ya no exploramos, de la que nos hemos ido.

El silencio sofoca más que el aire húmedo y caliente, me asfixia. De pronto siento que hasta me duele porque es obvio que me dirijo hacia un barranco al que caeré sin poner resistencia. “Aquel es el edificio más alto”, “allá hay más bancos que en todo Nueva York”,  “en esa isla a la que va vivía un millonario de quien fui chofer”, “si hoy siente calor, hubiera visto ayer”, son las frases con las que el taxista va salpicando de realidad mi trayecto y yo no sé qué decir porque la verdad es que no tengo nada que responderle, nada que compartirle más que mi mirada llena de incertidumbre en el retrovisor.

Pero algo intuye… porque que el miedo se huele es absolutamente cierto y entonces me pregunta: ¿Ha leído usted El Profeta, de Gibran Khalil Gibran? Y esa pregunta me basta para abandonar Miami y la emoción y el miedo, y me voy sin escalas a esas tardes de mi infancia en las que con la lectura como poder recién adquirido, buscaba en cada rincón de la casa un libro nuevo para explorar… y entonces recuerdo el lugar exacto en donde estaba El Profeta, ese extraño libro de mi madre, de exterior negro y páginas blancas llenas de letras y dibujos incomprensibles…

Y entonces digo “sí, sí lo he leído”, “¿y leyó lo que se refiere al amor?, y le respondo que sí, pero que ya no me acuerdo de lo que dice, así que me sentencia: “Pues se lo voy a decir yo, porque me parece que es lo que debe hacer usted”. No entiendo nada, ya ni siquiera trato de hacerlo. Pinche vida rara. Pinche destino misterioso  que parece estar escrito  por un guionista marihuano… Justo cuando llegamos al filo del barranco, baja mi maleta, recibe el dinero, se queda con el cambio y yo pienso que me está viendo la cara hasta que me dice: “Cuando el amor os llame, seguidle”.

Y lo he seguido, o eso creo porque no sé si es, pero aquí estamos: uno leyendo mientras la otra escribe… y no sé qué es esto y no sé que sigue…

Si la gravedad nos llama, quiero que me venden los ojos antes de caer.

[ Soundtrack: Don’t let me down; The Beatles ]

Postcards from Paris: My heart is a crooked hotel full of rumours

DSC_0373Abril, 2013

Tú y yo en París. En tu París. En el que fue nuestro o ya no sé, porque París siempre me ha pertenecido, pero poco… acaso tu cama, tu sofá o tu cocina (a veces también la tina), pero nada más. El que fue mío cuando fue nuestro París es limitado. Siempre encerrados en un mínimo cuadrante de la ciudad donde todos quisieran estar.

Tú y yo en el lugar que dejo, en las maravillas que abandono siempre porque todas las veces pienso que he encontrado a alguien mejor que tú, aunque eso no pueda ser ni remotamente cierto.

Tú y yo en todas y en ninguna parte porque nunca lo arruinamos del todo.

Tú con tus guiones revueltos, con tu batalla contra el cigarro que siempre te gana; tu pelo castaño maravilloso, tus ojos azules que se cierran cuando tocas la guitarra como si no hubiera nada ni nadie alrededor… y yo, yo pensándote a lo lejos, recordando… repasando palabra por palabra nuestra última conversación en la que, fuerte de no se dónde, decidí irme para siempre de los mejores metros cuadrados del mundo, de ese apartamento miniatura donde se oculta el mejor lugar de París, que ha sido y será siempre el espacio en el que yo dormía entre tus brazos.

Yo con mis huidas, con mis inconformidades. Yo y mi vicio porque mi pasaporte esté enteramente sellado. Y tú con esas ganas de establecerte que me hacen llorar ahora que descubro que no hay nadie —en este lugar por el que te abandoné y no sé si en algún otro—que me abrace cuando el miedo me invade en las noches en las que mi ciudad tiembla.

Y algunas veces todo está bien, pero están las otras en las que ya no puedo más con extrañarte y con saber que —la última vez —el vino, las canciones y las burbujas de la bañera rodeada de velas me parecieron un horrendo cliché que no necesitaba, pero que ahora añoro con la peor de las nostalgias.

Tú yo en ningún lado, como ha sido desde que nos encontramos. Tú y yo en todos lados, mi querido O., cada vez que las cosas que planeo salen mal…

*

Camino con mi amigo G. sobre la rue St. Paul. Me dice que no puede creer que te he dejado. Me lleva a ver una película para distraerme porque han pasado horas y las lágrimas no han parado ni un instante. Vamos a esas salas cutres saliendo del metro Rambuteau que tanto odias y que yo amo ahora porque me hicieron pasar 90 minutos sin pensarte.

Y al día siguiente vuelvo a casa con la misma maleta con la que regresé hace dos años, cuando te dejé por primera vez. Pienso en todo lo bueno y lo malo que nos hemos hecho y en lo poco que nos hemos habitado. En lo determinante que has sido tú y en lo tonta que he sido yo para quererte…

Tú y yo lo tendríamos todo si —en lugar de darme libertad— alguna vez te hubieras animado a detenerme…

[ Soundtrack: ‘Cause, Rodríguez ]