Decimos que se ven como una lucecita que se extingue porque es la única metáfora posible, o porque -de todas las que hemos escuchado- esa es la más certera para describir la forma entre aletargada y repentina en que se va la vida.
Tomo un café y miro por la ventana del avión. A miles de metros de altura sólo pienso en la manera en que C. sostuvo a aquel gatito entre sus manos hasta que el pobre hizo su última exhalación. Es irónico que sea tan duro recordar lo proclives que somos a la ternura…
Veo las montañas desde las nubes y nos recuerdo inmóviles ante la muerte. Estábamos en una situación extraña: a media tarde de un día laboral, sentadas al borde de su cama, en medio de uno de esos escenarios cuasiteatrales en los que el destino se empeña en ubicarte cuando te quiere decir algo y lo sabes. Ella lo sostenía cerca de su pecho y, pegada a su izquierda, yo podía ver a través del pelito blanco de aquel gato sin nombre, el forzado vaivén de la respiración ya casi imperceptible. Lo habían atacado las pulgas. Para entonces algunas comenzaban a irse de ese cuerpecito cada vez más frío; otras, en cambio, insistían en alimentarse con los últimos rastros de sangre tibia. Y mientras eso pasaba pensé en una vez, hace ya muchos años, en que mis hermanos y yo tratamos de mantener a un cachorrito con vida. Lo encontramos una mañana a sólo unos pasos de la casa de mi abuela en Guatemala. Respiraba levemente después de una noche de tormenta de Tacaná. Había resistido a la lluvia y a toda la maldad de la intemperie, así que pensamos que sería un sobreviviente, pero la naturaleza nunca es como uno la piensa porque no hay figura materna que pueda ser perfecta. La pinche vida es bien cruel y gran parte de ella se nos va en querer esquivar esa faceta suya… y no podemos.
El cachorrito que encontramos murió unas horas después, luego de haber tomado un poco de leche. Lo sentí irse sentada junto al fuego de la precaria chimenea en la que cocinaba mi abuela, epicentro de un cutre cuarto exterior construido con adobe no sé cuántas décadas antes de mi, pero que durante esos días aún servía como cocina en su vieja casa. Lo habíamos envuelto en una camiseta de algodón y yo lo mecí un poquito, lentamente hasta el final. Todavía no olvido cómo se siente que la vida se te escurra entre los dedos…
Hay un arcoiris y, debajo de él, sembradíos circulares también multicolores (me parece que Estados Unidos es, sin duda, más bonito desde las alturas). Veo las nubes y no puedo evitar pensar en lo ingenuos que somos cuando creemos que el cielo nos va a sostener y en lo maravillosos que podemos ser cuando, como C., realizamos actos de amor como procurar calor a un cuerpo que se enfría en medio de la desesperanza.
Se acerca el aterrizaje. Sobre las cordilleras recurro a mis recuerdos, donde archivé con cuidado los abrazos que ya no di, las palabras que ya no dije, las vidas que se van sin que uno pueda aspirar a salvar y todo aquello cuya luz sigue encendida en mi memoria.
4 comentarios hasta ahora
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Me quedé sin palabras.
Comentario por Onirica_ noviembre 19, 2011 @ 2:28 amSimplemente precioso…
En ese último día se llamó Schrödinger, y habría conservado el nombre si la vida le hubiera alcanzado para más…
El texto es precioso. Gracias por estar ahí. Schrödi (desde el Cielo de los gatos) lo agradece.
Comentario por C. noviembre 19, 2011 @ 2:44 amAl parecer las alturas te remiten a pasajes memorables como este que compartes.
Ojalá sigas sentándote de lado de la ventana y mires a través de ella…
Bonito texto.
Comentario por elmorlockchato noviembre 19, 2011 @ 9:23 amEspero los siguientes…
:^)
La vida resiste a la vida.
Sólo la belleza – de lo tierno o lo macabro – nos hace creer lo contrario… y ése, es su más grande triunfo.
Te dejo un beso, bella Mo…
Mike
Comentario por Fausto noviembre 29, 2011 @ 6:39 pm