Escribir por escribir. O, más bien, escribir PARA escribir. Para que llegue lo nuevo, hay que sacar lo viejo. Dejar salir todas esas palabras contenidas, atrapadas por la desidia y la falta de tiempo. Vaciar para volver a llenar. Si un espacio está ocupado, no entra nada.
Ejercicio 1. Vaciar el alhajero.
Se toma el solitario y se le deposita en la caja azul en la que fue recibido. Se acomoda en la suave almohadilla gris de terciopelo que lo sostiene y se cierra la caja para no volver a abrirla nunca más (bueno, sí, pero tantito). Se le guarda en una bolsa junto con el certificado de autenticidad del diamante y se le lleva, en la primera oportunidad, a París. Lejos, lejos. Se disfrutan las vacaciones al menos nueve o diez días y, al término, se abandonan la caja y el certificado en la mesita que se ha ocupado para desayunar en el food-court del Charles de Gaulle. Se espera (románticamente) que el solitario no lo sea más y sea encontrado por un niño, un anciano o un joven enamorado. No se vuelve la vista atrás. Así se vacía el corazón.
Ejercicio 2. Vaciar la agenda.
Aprender a decir “no”. Dejar ir. Aceptar que no se pueden llevar a cabo todos los proyectos. Abandonar las cosas que se fundaron, las ganas que se tenían, las esperanzas de hacer algo grande. Recordar que si se tuvo una buena idea una vez, es posible tener otra y otra y otra más en momentos en las que estas sean factibles, realizables, controladas y no dañinas. Apuntar: no soy Superman, no soy Wonderwoman… y tampoco tengo que intentar serlo. El voto va para la salud. Así se vacía la mente.
Ejercicio 3. Vaciar el cuarto.
Saber empacar, aún si haberlo decidido, para ir a desempacar a un espacio nuevo. Guardar los libros, desempolvar lo que se guardaba hasta arriba del armario, envolver en periódico, almacenar en cartón, sellar con cinta canela los conjuntos de objetos que narran nuestra vida, que cuentan lo que nos gusta, lo que creemos, lo que nos llama, lo que de nosotros se nota más nuestro. Cerrar la puerta de la casa, abrir otra cuando se está de regreso y recordar, no olvidar, que “al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver” y de verdad no hacerlo. Abrir las cajas, amar y sentir el amor de quienes, con cuidado, te acompañan y te ayudan a quitarte el periódico de encima (protección ya inútil en el nuevo lugar en el que te acomodas) para llegar sin polvo a un sitio lleno de felicidad nueva, de risas por estrenarse. Así se vacía el espíritu.
Ejercicio último. Vaciar la voz. Sacar las palabras en automático. Escribir todo lo que se piensa, rápido, muy rápido, más rápido, cadavezmásrápidosintemoraequivocarse,sinregresareneltexto,sindarespaciossiquierayrespirar,suspirar,sentirseibre y por fin calmarse, las palabras se han ido, los pensamientos ya han quedado guardados en otro lado, se han desocupado las vías para que nuevas palabras puedan viajar por no sé que torrente para llegar de la cabeza a la yema de los dedos que chocan, constante, rítmica, imparablemente contra las teclas y crear nuevos textos. Así se vacía el yo.
Luego se espera. Al poco tiempo llegarán nuevas promesas, lugares, amigos, amantes y textos. En menos de lo que se piensa, la vida vuelve a estar llena (y hay que vaciar de nuevo).
2 comentarios hasta ahora
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Y probto, muy prpnto, será momento de intentar un nuevo corte de cabello. Eso siempre cierra capítulos.
Comentario por Vespertina agosto 13, 2011 @ 2:54 amMe encantó lo del anillo y me llegó lo de la agenda. “Al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver”, me hizo pensar. Que buen post, bárbaro. Saludos.
Comentario por Cosme octubre 12, 2011 @ 2:03 am